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¿Cómo actúan las drogas? * (Henri Michaux)

Toda droga modifica los puntos de apoyo. El punto de apoyo que usted tiene en sus sentidos, el apoyo que sus sentidos tenían en el mundo, el apoyo que usted tenía en su impresión general de ser. Ceden. Se opera una vasta redistribución de la sensibilidad que lo vuelve todo extraño, una compleja, continua redistribución de la sensibilidad. Usted siente menos aquí, y más allá. ¿”Aquí” dónde? ¿”Allá” dónde? En decenas de “aquí”, en decenas de “allá”, que usted no conocía, que no reconoce. Zonas oscuras que eran claras. Zonas ligeras que eran pesadas. Usted ya no desemboca en usted, y la realidad, incluso los objetos, al perder su masa y su rigidez, dejan de oponer una resistencia seria a la omnipresente movilidad transformadora.

Aparecen abandonos, pequeños (la droga le hace cosquillas con abandonos), grandes también. Algunos se complacen en ellos. Paraíso, es decir, abandono. Usted sufre múltiples, diferentes invitaciones a aflojar…..Esto es lo que tiene en común las drogas fuertes y también que el cerebro es el que recibe los golpes, el que observa sus entretelones, sus hilos, el que juega el juego grande y el pequeño y el que, después, toma distancia, una singular distancia.

Hablaré sobre todo de la mescalina, más espectacular que las drogas de antes, neta, brusca, brutal, predestinada a desenmascarar lo que, en las otras, permanece envuelto, hecha para violar el cerebro, para “entregar” sus secretos y el secreto de los estados raros. Para desmistificar.

Modelo de alucinógenos, tiene una acción vecina a la del ácido lisérgico y la psilocibina. 
Ilumina asimismo el hachís…..que lo necesitaba, el fabuloso hachís y también el beleño y el datura stramonium, plantas antaño utilizadas en hechicería, cuando no se ignoraba cómo dirigir sus efectos.

Después de una corta fase de náuseas y malestares, usted empieza a tener que vérselas muy en especial con la luz. Empezará a brillar, a golpear, a atravesar con sus rayos que de pronto se han vuelto penetrantes. Tendrá quizá que protegerse los ojos con telas espesas, pero no estará protegido. El blanco está en usted. El centelleo está en la cabeza. Cierta parte de la cabeza que se puede sentir en seguida por su fatiga: el occipital; el rayo blanco golpea allí.

Y viene las visiones de cristales, de piedras preciosas, de diamantes o más bien su chorro, su chorro enceguecedor.

Al estímulo excesivo, el aparato visual responde con brillanteces, con resplandores, con colores exagerados que chocan, que componen brutales y vulgares conjuntos que chocan, como ahora el veneno invasor choca y brutaliza su córtex visual.

Y usted encuentra muchedumbre. Aparece una multitud de puntos, de imágenes, de pequeñas formas que muy, muy, muy pronto pasan, circulación demasiado viva de un tiempo que tiene una multitud enorme de momentos, que se escabullen prodigiosamente. La coexistencia de ese tiempo de momentos multiplicados con el tiempo norma, no enteramente desaparecido y que vuelve con intervalos, obliterado sólo en parte por la atención prestada al otro, es extraordinaria, extraordinariamente desrealizante.

También la coexistencia del espacio de puntos innumerables (y todos muy “separados”) con el espacio casi normal (el de su alrededor, que usted mira de vez en cuando), pero como ahogado y en subimpresión, es igual y paralelamente extraordinario.………

* Traducción Aurora Bernardez